Lo poco que somos si no fuera por todos

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La primera vez es la peor. Paradójicamente, crees que esa será la última. La respiración marca el ritmo desenfrenado del asfalto, de un coche, de una madre con un bebé o un poste que crece en cuestión de segundos de la nada, como esa angustia a primera hora de la mañana o a última de la madrugada. El corazón se convierte en aliento. Por cada bombeo una bocanada, y luego otra más.

No intentas salvarte, tu cuerpo se encarga de eso, ni siquiera piensas en nada importante. Aunque al fin entiendes cuán relativo es el tiempo y lo poco que importa que la sombra del ciprés sea alargada si no hay luz. Lo poco que somos si no fuera por todos, lo absurdo de vestirte para morir.

La ropa se desgarra, los zapatos se te salen y el reloj se te rompe, realmente no es relevante. Nunca importaron menos las cosas. Te levantas del capó del coche en el que estás; te tocas el pecho como para comprobar que sigue ahí o indicarle al cielo, en un gesto desesperado, que no te mueres, que aún puedes sentir el palpitar del mar dentro de ti.

Morirse no duele. Eso llega después, cuando sigues vivo. Es horrible lo que ocurrió, pero peor es lo que nunca ocurrirá. Llegar a viejo y el humor, deberían ser como las declaraciones de guerra, que no se negocian.

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