Un cuento corto

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La señora McKenzie se había sentido siempre más a gusto como vehículo que como peatón. Había ganado un concurso en el que se sorteaba una piscina de 5 x 3 metros y la había colocado en su salón. Mucho más bonito, dónde va a parar.

Nunca salía de casa sin su gorra.

Venía de lejos, cerca del Canadá francés donde, dicen, granizaba siempre. Así que Florence que así es como se llamaba la señora McKenzie había inventado un infalible sistema para creerse en casa. Cada mañana cogía hielo y muy pacientemente lo trituraba hasta que obtenía pequeños trozos. Luego los colocaba cuidadosamente en una bolsa de plástico y metía la mano agarrando un buen puñado. Entonces lanzaba los trocitos de hielo contra las tazas de hojalata que tenía colgadas sobre el fregadero, en la cocina.

¡Está granizando!, exclamaba contenta Florence. La verdad que a mí siempre me pareció más un fusilamiento.

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