Mis hijos y yo

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Yo hablo con mis hijos todos los días. No como una madre de esas modernas que no creen en el ‘No’, desprecian las sanciones y les explican todo con una suerte de metafísica infernal que los encamina hacía el despotismo. Les hablo a gritos y disgustada casi siempre. Con rabia, porque la mayor parte de las veces me dirijo a ellos cuando acaba de sucederme un episodio de enfado o desilusión. Es por la humanidad, que es macabra y egoísta hasta la saciedad. Podría decirse lo mismo sin tanta crueldad.

Mis hijos son tres, y no escuchan. Todos se llaman León, que da igual si son chicas o chicos.

Aunque enfadada los entrenaría para asesinos, casi siempre acabo por decirles que piensen en los demás, que no sean malos con los otros. Tampoco interesados que eso es feo. Pero sobre todo les explico que si hay algo que controlar es la lengua, que respiren antes de hablar porque enseguida se falla y no hay vuelta atrás. Que si sienten que alguien no les tiene aprecio, no les muestra cariño o hace alarde de una tremenda irritación cuando ellos están presentes, que se alejen. Tierra de por medio, porque aunque sea triste separarse, más triste es quedarse sin quererse; eso trae consecuencias horrendas.

Les digo también que salgan de casa, para que puedan volver tarde y mientras les regañe ellos sonrían por dentro por lo que han vivido. Que salgan de su barrio, de su ciudad, que aprendan a saber dejar atrás y darle importancia a lo que la tiene, que no hagan a nadie dependiente y que si quieren a alguien no lo conviertan en un cretino, por favor. Que no se enfaden si algo no les sale, y menos aún sean unos imbéciles cuando algo no se haga a su parecer.

Que por favor haya alguien que no los quiera y que sientan también lo que es estar destruido por otro que no siente lo mismo, porque sí, es horrible pero peor es ser siempre alabado. Que les nieguen cosas, que se encuentren con trabas, que suspendan por Dios, que se peleen y maldigan en silencio.

Ah pero también les digo que ojalá haya por ahí una persona que los ame como un loco, y que los recoja a la salida del trabajo o la Universidad o donde quiera que acaben el día de mañana porque lo mejor es que te vayan a buscar a la salida.

Mis hijos no me entienden, pero yo sé lo que me digo y no desisto. A mí es fácil verme en el autobús o en el super hablando como una loca con mis hijos, repitiéndoles lo más importante, lo único que sirve; que se laven los dientes por favor. Que se los laven y se pasen el hilo dental siempre que puedan.

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