Cuando dejemos de querernos

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Por darle prioridad le conocían en el Congo Belga. Otorgarle preferencia los destruía, a ambos. Uno era prioritario como el Padre, que es principio del Verbo, y ambos principio del Espíritu Santo. La otra, devota. Y viceversa. Y eso les había hecho tanto mal como bien, pero el bien nunca es suficiente y el mal lo inunda todo.

Se habían dicho cosas preciosas y habían hecho otras terribles, que nunca iban a contar. Por darse prioridad habían eliminado las preocupaciones del otro. Se habían hecho inútiles y acomodados, como la burguesía. Se habían despojado de sentido crítico y de valía. Pero cuando uno había rebajado el sufrimiento del otro a base de esfuerzos y luego había siquiera insinuado que lo necesitaba, el otro no había sabido estar. Cuando había dado explicaciones íntimas en alto no había obtenido comprensión ni silencio, solo un mar de preguntas y reproches que nacían de la ignorancia. No es necesario comprenderlo todo.

Pero se querían, se querían a rabiar y eso era problema y solución a partes iguales. Volvían a hacer como si nada cada día, atropellaban sus fantasmas una y otra vez porque ambos sabían que sin el otro no eran uno.

Se querían tan bonito que daban ganas de comprarse una entrada para verlos en sesión continua. Los dos sabían a ciencia cierta que cuando dejaran de quererse era solo el título de una película de pura ficción.

 

 

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