Amores perros

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He aquí un retrato aproximado de nosotros en un bar de la Patagonia. Llevábamos tanto tiempo viajando que habíamos visto de todo. Un hombre que no quería a su mujer porque estaba secretamente enamorado del peluquero e iba cada semana a cortarse ‘solo las puntas’. Hasta que tuvo el pelo tan corto que se quedó calvo. Tuvo entonces que decirle la verdad, y cuando lo hizo el peluquero tiró por los aires las tijeras, que le cayeron a un cliente hiriéndolo en la pierna. Después le besó con tanta fuerza que, el hombre que no amaba a su mujer, se desmayó porque al fin comprendió lo que no había estado sintiendo.

Vimos también un submarino abandonado en la costa norte de Gran Bretaña que servía ahora de casa para tres chicos a los que su madre había abandonado por inútiles y porque sencillamente no los soportaba. Le caían fatal y no podía luchar contra ello; además sospechaba que ni siquiera les quería. Pero al contrario de lo que se pueda pensar, los chicos eran extremadamente felices y habían hecho un panel para repartirse las tareas de casa. La verdad que no tenían nada de incapaces y hacían un café buenísimo.

Cuando llegamos a la cordillera alpina estuvimos dos semanas perdidos en un bar donde era posible parecer feliz sin consumir nada. Al salir de allí teníamos los pies destrozados de tanto bailar.

Luego nos unimos a una mujer que pasó dos meses en el psiquiátrico y diez en la cárcel comarcal para mujeres. Había sufrido un shock post traumático porque todas sus citas la dejaban al tercer día de conocerla. Eres muy alta para hacer punto de cruz, le decían; o demasiado baja para besarte, o muy delgada en comparación con la vecina del quinto que es quien me gusta a mí o muy buena o un tanto callada o algo estridente. Lo mismo daba pero al tercer día se marchaban dejándola sola, así que ella empezó a clasificar todas las peleas y los besos que nunca podrían existir. Contaba que los oía resonar en su cabeza y que salía a la calle y veía los sitios donde se hubieran besado o peleado de no haberla dejado.

Eso la volvió loca y acabó en el psiquiátrico. Un día, no por casualidad, le pusieron una compañera de habitación que se confesó escritora demente. Su nueva compañera había estado siguiendo y torturando emocionalmente a la gente. Provocaba encuentros que parecían fortuitos, los camelaba y les exprimía todo el dolor posible para que ella pudiera escribir. Porque aunque lo había intentado no sabía escribir alegre. Una tarde de primavera estas compañeras de habitación empezaron una discusión que acabó con una encima de la  otra y un intento de asfixia. Todo quedó en un pequeño susto y una gran novela.

Entonces atravesamos Guatemala y llegamos a México tan sucios que en cuestión de segundos dos mujeres enormes que habían perdido a su mejor amiga y a su novia respectivamente nos metieron sin pensarlo en una tina gigante de agua caliente. África y Eire, que así se llamaban las dos mujeres, habían cogido todo su dolor y lo habían transformado en un centro de ayuda para transeúntes en el centro de Veracruz.

Amores perros se llamaba el sitio. Allí te bañaban, te daban de comer y te cantaban al oído en el idioma que quisieras. Te daban un beso de buenas noches y otro por la mañana; y te regalaban un instrumento a tu llegada que debías aprender a tocar para poder salir de allí. Porque, aseguraban ellas, las penas con música son menos penas. Y aunque llegaras sin penas, el proceso era el mismo porque eso alegra a cualquiera y porque saber tocar un instrumento siempre es útil y sirve para compensar el interior en los días extraños.

Sabiendo tocar la flauta travesera abandonamos Veracruz dos meses y medio después. Y de seguido vimos Texas y Quebec, donde gracias a los conciertos que dimos reunimos el dinero suficiente para volar de vuelta, hacía el otro lado.

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