Todo lo que no sé de Derecho constitucional

OLYMPUS DIGITAL CAMERASiempre me he parecido a Carlos II. Feucha, sin un notable estado físico y nada de descendencia. Permanecí bajo la regencia de mi madre hasta que alcancé mi mayoría de edad en 2004. Crecí raquítica y enfermiza entre hospitales de La Mancha y Madrid, y aunque mis vasallos atendían todas mis peticiones yo me dejaba llevar por mi espíritu tendente al declive y no disfrutaba de nada. Mi mala salud hacía sospechar que moriría joven por lo que se descuidó mi educación.

Fui educada por teólogos y sin conocimientos políticos, lo que años después me costaría múltiples tentativas de superación en cuanto a la materia de Instituciones Políticas Contemporáneas. Disciplina que si bien hubo de marcar mi vida, hizo además que me convirtiera en la líder de la liga ‘Derecho de barra’, organización enfocada a cubrir las carencias políticas y del Derecho constitucional que se manifiestan de forma notoria entre la población. Al renunciar al fatídico cargo de reinar renuncié también, de forma inevitable, a la posesión de vasallos.

Hecho que ha dado lugar a que mi figura defienda en solitario los términos más relevantes del Derecho público tras las diversas barras de bar en las que me veo obligada a trabajar al haber renunciado al reino de España. Hace ahora casi una década, cuando el Gobierno comenzó a ensombrecerse por la lucha política interna, la corrupción y la dramática situación de la monarquía hispánica.

Plenamente consciente de mis limitaciones comprendo que este intento de poner orden en el Derecho constitucional es sumamente complejo y tras la barra me veo obligada a repetir hasta la saciedad términos como ‘poder constituyente’, ‘decreto ley’ o ‘moción de censura’.

Aventuro a pensar que todo esto acontece por los años de descuido al que esta disciplina ha sido sometida en aulas e instituciones. Pero tenaz y sin querer abandonar la organización que lidero, ‘Derecho de barra’, mientras limpio la cafetera o sirvo un Gin tonic maquino constantemente la creación de una Superintendencia General donde se lleven a cabo las reformas necesarias para que la falta de sintonía en el reino español cese y se precipite así la caída de la feroz ocupación que, con mayoría absoluta, ejercen las fuerzas actuales.

No obstante he de ser paciente porque solo después de haber apreciado el Derecho constitucional puedo comprender que toda manifiesta incapacidad por parte de un Gobierno dentro de un sistema democrático requiere de unos procedimientos ineludibles de cambio que se expresan en la calle y se reflejan en las urnas.

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