El día que ganamos un Goya

goya

Habíamos cogido un autobús de Aerolíneas Americanas que nos llevaba de Teruel a Londres. No vimos ni una sola gallina, pero había un señor de Cuba que no paraba de soltar tacos porque iba en peregrinación. En la capital hace tanto frío que lo primero que pierdes son los dedos de los pies. Entonces estás obligado a andar como un gran muñeco de nieve o un bebé gigante. No tiene glamour, pero todos avanzan igual.

Íbamos a acabar la semana en Londres sin ningún vestido de gala. Domingo; justo el día en que uno no espera triunfar ni nada. Además, que la cena no sería hasta entrada la noche, como no se acostumbra allí. Marcus se encargaría de todo. Había comprado tinto para la primera vez, las otras pasaríamos al blanco. También teníamos sobras de su restaurante de lujo, porque nadie hoy es técnico en volúmenes y sobra y falta por doquier. No hay forma de acertar, o te pasas o no llegas. Por eso hay sobras en el restaurante de Marcus, que es de postín y mezcla comida española e italiana.

En Newington sobran los rabinos y faltan las mujeres. Así que el día que ganamos un Goya vimos primero un montón de sacerdotes judíos. Son como Woody Allen, claro porque allí todo es de cine. Pero ni Marcus, ni Uxía ni yo vivimos ahí, donde habita el Goya. Nosotros somos de otros barrios pero amamos el cine, la música y las letras. Tuvimos la oportunidad de ver a Stephen antes que otros. Nos volvemos locos con un nuevo film, y le damos la vuelta al mundo en la mesa de la cocina. Ya está arreglado, solo que los efectos de nuestro apaño se notan a la larga, cuando nosotros podamos hacer historia también.

Ganamos el Goya a la mejor resistencia secundaria. Gusanitos naranjas, medias lunas y aceitunas rellenas de anchoa. No hubo aplausos, pero vino un fotógrafo de una revista famosa y nos sacó una foto sentadas en una imitación de Chester y con un cuasi Goya sin maja desnuda colgado detrás, en la pared. Todo iba de goyas. Menos la de Toledo que está lejos, como debe estar ahora el cubano, rezando como poco ya en Roma.

Nosotras también estamos lejos, tanto como el Goya que es de otro país también y comparte con Uxía y conmigo la noche que ganó dos chicas. Claro que como él no tiene pies no pasa frío y no le dan premio a resistencia ni nada. Vive con un gato negro y no le trae mala suerte porque se ha hecho inmune. Esa noche, la que ganamos el premio de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, fue la misma en que descubrimos lo bueno que es contar historias alrededor de la vitrocerámica, que los niños pequeños que van para rabinos tienen cara de asustados y que no importa donde estés, te esperan Goyas en los sitios más inesperados.

 

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