Mi domingo con Simone Veil

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Hace años estuve muy triste. Viví el fin de un amor y tardé en acomodarme a la vida en sociedad. Pasaba cantidad de horas sola; en casa o fuera pero sola. Aunque normalmente me acompañaban un atlas y un cuaderno en blanco. Abría el atlas al azar y absorbía todo lo que podía del país que me había tocado en suerte. Después lo escribía en el cuaderno.

Mi mayor descubrimiento fue Vanuatu. Nadie sabe nada de Vanuatu. Tiene tres lenguas oficiales, no es para nada un país grande y no siempre se llamó así, primero fue Nuevas Hébridas aunque ya sólo se usa para referencias históricas. Ahora, a miles de kilómetros de Vanuatu, he vuelto a él de la mano de Amélie Nothomb quien además me presentó a Simone Veil con quien he pasado el domingo.

Simone es impactante. Una no puede esperar llegar a conocerla. Me entró de golpe, sin más vueltas que un aquí estoy yo después de todo. Se me presentó proclamando que todos los pecados son intentos de llenar vacíos.

Aunque haya sobrevivido al Holocausto, promulgara la ley que despenalizó el aborto en Francia y fuera la primera mujer en presidir el Parlamento Europeo de Estrasburgo, Simone no impone. No es como si te mirara con ojos inquisidores ni quisiera se para a evaluarte, sólo te reta. Un reto infinito que toda mujer lleva consigo misma. Comprendes, y ella sonríe. El reto siempre ha estado ahí.

Ella de su reto no habla. Tampoco hace falta, el reto es para quien lo afronta.

– ¿Qué pasa contigo entonces?, me pregunta con toda naturalidad.

– Algo marcha mal dentro de mí.

– Y, ¿qué? ¿Acaso no has visto suficiente cine, no has pecado lo que querías? Una puede tener todo su interior dañado, el corazón infecto y el cerebro ausente y seguir. Seguir soportándose, seguir a las puertas sin llamar, seguir porque es lo único que hace que pares. Seguir es lo que mejor sabemos hacer nosotras. Puedes verme ahora, ¿verdad?

– Sí.

– Antes no era así, nadie podía verme. Sólo existía cuando bailaba, así que aprendí a bailar mientras hacía lo que tenía que hacer, mientras avanzaba imparable consumando ese reto mío que es tan antiguo, tan viejo como yo. Baila, balia a todas horas y deja de taparte los oídos.

– Vanuatu. Nadie sabe nada de Vanuatu pero existe. Y es riquísimo, y baila y sirve. Sirve porque es perfecto para la función que desempeña y eso lo hace bello.

Ella asiente en silencio y yo me relajo. Simone y yo vamos a pasear por lo alto de la ciudad, buscamos algo dulce que se derrita en nuestras bocas. Luego bailaremos.

– ¿Sabes que mi segundo nombre es Annie?, me pregunta con la voz grave, como si aquello fuera lo más importante del asunto.

Ahora soy yo quien asiente en silencio. A Simone le gusta tanto como a mí buscar coincidencias y establecer conexiones.

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