Febrero

2013-06-08 11.08.55

Hans nunca se abrigaba. Lo hacía aposta, como quien limpia de rodillas el suelo o se come un paquete entero de bizcochos de una sola vez. Un castigo como cualquier otro. Los punk, con sus cadenas al cuello, los modernos, cegados con su propio pelo, y toda esa gente que se denominaba clásica e iba en tacones o con corbata no eran más que los nuevos flagelantes. Igual que Hans o los borrachos, que se autodestruyen. Castigos sin receta.

Pues él no se abrigaba. Y era extraño porque jamás caía enfermo, no le afectaba el aire ni le molestaba el frío en sus pulmones. Sin embargo la lluvia sobre su pelo liso le recordaba lo triste que estaba. Alardeaba de no necesitar a nadie, pero era mentira. Era tan vulgar como los otros, siempre con sus anhelos, su alma dañada y esa esperanza pospuesta, como la de Christy Brown, que enfermaba el corazón.

Raras veces, cuando se lo permitía en realidad, quería a alguien. Pero entonces era horrible, para él mismo y para el otro. Quienes lo conocían solían decir que era mejor no gustar a Hans, pues que te quisiera suponía el principio de un horrible camino al que te arrastraba sin mediar palabra. Lo peor de todo, decían, es que no sabía dejar ir. No tenía límite y le enfermaba terminar cualquier cosa. Acabar con alguien era algo que le hacía empequeñecer pues él jamás quiso dejar a nadie. Lo ponía furioso. Además, llevaba sus relaciones hasta el final cuando ya no había más solución que la de desaparecer. Entonces Hans lo aceptaba, nunca antes.

Aunque hubo una vez, hace ya tiempo, en la que quiso tanto a alguien que tuvo que parar. Fue la primera vez que Hans no eligió, al menos no del todo. Aunque eso era porque ella era de otro mundo y nunca sabías si te había dejado elegir o había sido cosa tuya. Aquella vez fue la peor para Hans, no pudo soportar tanta luz y lo mató su libertad. Que ella no lo necesitara le machacó el alma. Esa vez fue la última.

Pero antes juntaron sus cuerpos en todos los baños de las discotecas, en las duchas ajenas y en cualquier cama. Eso fue cuando ya habían probado el nopal y cuando habían ido a la playa con frío.

Después Hans empezó a mentir todos los días. Hasta los sábados, y eso que andan líados con la verdad. Mentía tanto que cuando no podía más se encaramaba a un árbol, el más alto que hubiera, y empezaba a contar los tejados, las chimeneas o las ventanas de la ciudad que tuviera a sus pies. Uno no miente cuando cuenta. Si acaso se equivoca pero no miente.

Y así, de árbol en árbol, fue como Hans se convirtió en gato y se hizo alérgico al segundo mes de cada año.

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