La chica, el maniquí y el esqueleto

2014-01-02 17.57.44

En su habitación eran tres. Un esqueleto, un maniquí y ella. Se llevaban bien, ella había aprendido a ser lo mismo un muerto que una falacia. Se le daba bien simular, además le sentaba de maravilla. Le hacía parecer lo que no era y eso le otorgaba una delicadeza que de otro modo nunca hubiera sabido manejar. Prefería la exactitud de lo bruto.

El maniquí era un regalo y no tenía nombre. El esqueleto, sin embargo, respondía si se le llamaba y era una deuda contraída hacía ahora casi cuatro años. Eran los restos de un amor perdido y al contrario que aquella pasión, el esqueleto permanecía intacto. Durante tres años ella había ido sacando las piezas de su envoltorio para ir montándolo poco a poco; por partes. Como si así fuese posible que el dolor hubiera ido pasando de la chica a la osamenta. Y en parte lo era porque sólo al contemplar erguido aquel metro ochenta de huesos, fue consciente de su inmunidad, del tiempo transcurrido y el bullicioso desierto que se había instalado entre el pasado y el presente. De los otros amores perdidos y de sí misma.

De los tres ella era la más escéptica. No podía dormir si no emparejaba las estrellas del techo y no se sentaba nunca a menos que todas las cosas estuvieran colocadas atendiendo a razones que sólo eran lógicas si se conocían las banderas del mundo. Cuando aquel proceso tenía lugar el esqueleto y el maniquí miraban hacía otro lado. Hacia abajo el primero y a un lado el segundo. Era algo que preferían perderse pues no comprendían cómo la chica podía perder tiempo en aquellos detalles insignificantes que nadie, salvo ella, notaba. Paradójicamente, con el tiempo ambos admitirían que era justo eso lo que más les fascinaba de aquella con quien se veían obligados a compartir habitación.

Además, esa era una de las razones por las que se llevaban bien. Se toleraban. Ambos sabían que era ella  la que no encajaba pero nunca le hacían el menor reproche y conseguían que no se notara el abismo que había en rededor suyo. Un vacío que le seguía como un perro a su dueño.

Nunca habían discutido por la moda, que es una tirana, ni por el lado de la cama. Nunca hasta que ella les vino con un aviso. Había empezado a preocuparse por lo que de ellos dijeran.

Eso no les gustó y hubo reunión. La chica tenía que cambiar o irse, ya eran bastantes en la habitación.

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