El día que fui morena

2013-10-05 22.48.40

El día que fui morena lloré. No desconsoladamente ni nada parecido, sólo un sollozo leve pero constante. Como de resignación, como quien no tiene otra opción que la de aguantarse.

Además, me tumbé en la cama. Sólo me levantaba cuando reunía las fuerzas necesarias para llegar hasta el espejo del baño. Me quedaba absorta; drogada en realidad. Únicamente cuando una fuerza sobrehumana me invadía me miraba en el espejo del pasillo, ese que es de cuerpo entero y está mejor iluminado. Luego corría despavorida de vuelta a la cama. No me reconocía; y eso me asustaba.

Cuando uno no se reconoce sucede algo horrible. Siente tanta soledad que es imposible creerse en el lugar y el tiempo presentes.

También me reí. Consideré que era un poco absurdo no sentirse propia sólo porque el pelo no sea el de una. Era estúpido, pero tan simple como veraz. Uno es lo que es por todo, por dentro y por fuera.

Ese día, pensé que debe ser horrible no aceptarse. Es una batalla infernal. Debe ser un suicidio por fascículos no quererse, no admitirse. Estás por estar, porque lo único que te interesa es tu guerra. Tu pena inmensa.

Y hay tantas guerras que espanta. Porque aunque sea deslumbrante estar en armonía, aprobarse es tremendamente difícil. Es difícil porque las cosas sencillas nos parecen menos validas. Y eso es una patraña enorme.

El día que fui morena salí a la calle. Quien estaba a mi lado no se lo creía, decían que ellos no hubieran salido.

Y la verdad que a mí también me impactó verme vestida y en la calle, con mi pelo extraño. Moreno, negrísimo. Pero ahí estaba, oscura, emo, heavy. Apocalíptica sí, pero con unas ideas de zen que me hacían parecer una loca con mueca por sonrisa.

Escuché de todo, pero no me importaba nada. Cuando estás en guerra contigo misma lo demás te da un poco igual. Sobre todo cuando una única idea te invade el cuerpo entero. 

Si uno se tiñe puede decolorarse luego. Si uno se cae puede levantarse. Cosas sencillas.

Sí, sencillo ahora que todo queda atrás, pero mientras dura todo es tan negro como el pelo. Y esto son tonterías que crecen un centímetro al mes. Imaginen entonces si este dolor proviniese de una nariz, o de unas manos demasiado grandes, de un cuerpo que no se adecua a tu mente, de un gusto diferente o unas ideas desiguales a todos.

¿Sabes qué? Vas a estar bien. Tu nariz, tu cuerpo, tus manos o tus ideas son preciosas. Porque el día que fui morena, fui estúpida también. Porque no disfruté de nada, no dejé que nadie me quisiera, no permití que otros me aceptaran y todo porque yo misma no me consentía. Vaya una imbecilidad la mía.

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