“Yo me como los leones crudos”

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Son sólo las diez de la noche y ya estoy rezando para que no te mueras mientras cuido de ti. En esta casa hace un calor infernal y tú no haces más que intentar toser, pero apenas consigues sacar un carraspeo parecido al de un perro roncando. Estás encogida y en poco más de año y medio has envejecido como dos décadas de golpe.

Estás en un sillón orejero y duro a más no poder, pero está forrado de cojines para que no te magulles por estar sentada más de doce horas cada día. El sillón es estampado, en tonos rojos. Yo estoy al lado, en un sofá al que alguien, probablemente tú, le puso una loneta blanca para que no se desgaste la tela del propio sofá, algo que siempre me pareció un tanto absurdo, pero me callo porque esas cosas ya no son importantes cuando alguien tiene ELA.

A tu derecha, una mesa redonda y el balcón. A mi izquierda, otro sillón más pequeño y al lado la puerta que comunica con el pasillo, un baño, la cocina y el estudio que mamá tenía para las clases de pintura.

Hacía el otro lado del salón, a nuestra espalda, están las dos habitaciones y un segundo baño, el tuyo. Le han puesto una de esas barras que hay en los servicios de minusválidos. De esas que tiene forma de triángulo pero con punta redonda y se usan para apoyarse y levantarse. Levantarte no puedes, pero aún te sirve para no sentarte de golpe en la taza del váter. Siempre que vamos al baño y te dejas caer en el retrete como un peso muerto, te digo: ¡Qué barbaridad, abuela! ¡Qué prisas! Y tú te tronchas de risa. Así que yo suelo decir tonterías, para que te rías. Una vez casi te atragantas y todo.

¿Sabes? Siempre me acuerdo de ti. No lo digo, pero siempre estás rondándome. Las croquetas de bacalao, las ruedas de prensa de tu partido polítco, los guantes rosas o el pintalabios rojo manchando los dientes. Los leones de los documentales de la 2. Todo eres tú. Y entonces me pongo triste, pero luego empiezo a pensar cómo bailabas con mamá en la boda del primo, cómo despellejabas los conejos para hacer arroz, cómo le dabas el biberón a los cervatillos que tuvimos en casa, cómo nos regalabas siempre cosas distintas de las que habíamos pedido por Reyes o cómo no podías sino sorprenderte cuando rompí la piscina de chapa desmontable que teníamos en el jardín. Se inundó todo y Elena y yo nos quedamos en mitad de una marea desbordada de agua dulce y cloro mientras que Miguel, Ester y tú estabais petrificados, como idos.

Me acuerdo también de todo lo que hay en las fotos del salón, que son todas tus historias. Y me acuerdo que un día de verano me dijiste lo de la risa. Eso de que es mucho mejor que llorar, que es lo único que cuenta y lo que vale al final. Y que “además una se pone fea si llora”, me decías moviendo las manos. Así que yo sonrío e intento no ponerme fea cuando voy a tomarme una cerveza fría como hacías tú y como hemos hecho mil veces en el Pradillo. Ni cuando reviso mi nevera en busca de algo para picar y, sin que estés ya, siento tu presencia a mi izquierda, recordándome que no está bonito comer a todas horas, que hay que cuidarse. “Tratarse bien y reírse, eso es lo que hay que hacer”, me repites incansable al oído. Eso y que una ha de comerse los leones crudos.

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