Io e te.

2013-09-16 11.23.03

¡Dientes de caballo! ¡Pestañas de elefante! ¡Dientes de caballo y pestañas de elefante se van a casar! La de los dientes soy yo, el de las pestañas es L. S. que es lo mismo que decir que soy yo. Somos uno y los otros niños lo saben.

Nos tienen sitiados. Cada recreo que se abuerren pasa lo mismo, se juntan todos y hacen un corrillo en el patio. Entonces nos señalan y comienza la danza de los animales. Yo hago de caballo y L. S. de elefante, pero lo que no saben es que ambos somos cigüeñas. Fieles el uno al otro y observando desde las alturas. Suena la campana y L. S. y yo nos miramos contentos, hemos sobrevivido a otra dosis de envidia administrada desordenadamente por niños de seis años.

De eso hace veinte años, que dice Gardel que no son nada. Cerca de la mitad de esa nada es el tiempo que no veo a L. S., once años de conversaciones ciegas. Once años repasando los sitios en los que él ha estado, en los que probablemente habrá visitado y en los que podría estar, en cualquier parte en realidad. Y Roma es uno de ellos. L. S. estuvo en Roma cuando apenas alcanzamos a iniciar la adolescencia. “Un viaje organizado”, me contó entonces. “Precioso”, me dijo.

Yo nunca había estado en Roma, hasta ayer. Entonces entendí muchas cosas; comprendí por qué Segovia es hermosa, por qué me gusta buscar en el cielo siluetas que aquí sí se dibujan e incluso por qué hay colores que nunca sabré describir sino es con la nariz.

Ahora los dos hemos estado en Roma, tú en la Fontana di Trevi, yo en el Colosseum. Sin embargo no puedo contartelo, así que, fruto de mi inquebrantable costumbre de abandonar mi cuerpo, viajo con la cabeza y te busco. Estamos a orillas del Yukón y hace un frío de mil demonios. Nunca te dije que ya no me gusta la nieve, ni que me he hecho una profesional de la bici. Tampoco que me bañé de noche en una playa de Malta y bailé descalza en una plaza de Newcastle. No te he contado que a veces no hago caso a nadie, que viajé de Lyon a Madrid en autobús y que mi pizza preferida es la carbonara. ¡Ah!, y me gusta el queso por encima de todo.

No te he confesado que en la intimidad que otorga la oscuridad oriento mi cama hacia el Atlántico y ordeno mi lista de deseos. Ni que a veces hago locuras, me quedo inmutable y desaparezco unos días. Claro que tampoco te he dicho que te sigo buscando. Una desconocida en el Metro puede tener tu pelo y otro ajeno en mitad de la calle, tus ojos. El caso es descubrirte.

Ya no estoy en Roma, sino en Perugia, y ayer conocí un chico que tiene tu forma de estar, así como si nada importara pero cargaras con todo lo significativo que hay entre cielo y tierra. Así como si nunca fuera posible entrar en ti sin el pase especial, ese que te hace hablar el mismo idioma inventado, viajar sin moverse y contar con una fidelidad a prueba de bombas, como las cigüeñas.

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