Los señores de la primera línea

2013-08-25 10.01.31

Hay algunas personas que se creen que lo que tocan les pertenece. Les da igual lo que sea, lo mismo se apropian de un filete, unos vaqueros, una playa que de una persona.

Haciendo acopio de valor he de reconocer que mis hermanos y yo éramos de esos. Nos sentábamos a la mesa ordenadamente y con buenos modales a la espera de que mi madre se diera la vuelta para empezar a chupar el trozo de pan que habíamos escogido y que queríamos hacer nuestro. Chupábamos lo elegido para que el otro no nos lo quitara. Y lo mismo con las alitas de pollo, a las mejores le hundíamos el dedo. Las manoseábamos para invalidarlas frente a los carroñeros, o sea mis hermanos y yo misma. Me llevó tiempo comprender que este no era el método adecuado para hacerme con un novio o nuevos amigos.

Bueno pues resulta que los viejos de la playa a la que voy deben ser, como poco, primos lejanos nuestros pues no van los tíos y se apropian de la primera línea sólo porque han clavado un estúpido palito con una tela a modo de toldo. Y lo peor de todo es que no se saben las reglas del juego.

¿De que sirve escoger algo bonito, marcarlo y largarte? Peor aún, ¿para qué quieres algo que no vas a disfrutar, que no vas a cuidar, que no vas a poder defender? Si tú quieres la mejor alita de pollo o que no te desaparezca el pan a la primera de cambios has de esforzarte, tienes que quedarte hasta que lo hayas engullido. Si te das la vuelta estás muerto, te han robado tu conquista. Pues los viejos de Levante eso no lo saben.

La tercera edad madruga por naturaleza, por la próstata, los esfínteres y otras cosas del cuerpo, y está aleccionada para la guerra. Así que se despiertan y sin desayunar siqueiera bajan corriendo a la playa y clavan la sombrilla. Así, como Colón cuando llegó a América. Y luego tienen el morro de largarse a hacer sus cosas. Y llegas tú, que madrugas igualito que ellos, y tienes que controlar tu lado de bulldozer para no tirar por los aires las sillas y sombrillas fantasmas. Y yo, que mando a paseo el yoga y me subleva la música clásica, pongo mi cara de dóberman y espero a que lleguen los viejos para mirarles mal. La cara de asco que dice mi amiga Carmen, esa que me sale de pronto y sin control lo mismo que a otros la sonrisa.

A mí es que las injusticias me vuelven un gremlin y estos hombres de la tercera edad tienen la capacidad de ser agua para mí después de las doce. No van y aún tienen la poca vergüenza de pelearse a muerte entre ellos por centímetros de arena que ni es suya ni lo será nunca, por mucho que la toquen. Ya sea martes o domingo sé que si dejo mi libro y miro a mi alrededor con mis ojos miopes veré una pelea en la arena de gladiadores ancianos del Levante. Y eso no me gusta, porque es injusto y queda feo. Hombre, por favor señores que los que deberíamos pelearnos con ustedes habríamos de ser nosotros que por su mal comportamiento no nos queda otra que conformarnos con las migajas.

Pero debe ser que esto de la playa es como la vida misma, que no acabo de entender por qué nos conformamos. No comprendo todavía que los que inundan las vías de Atocha con sus chabolas, los que no tenemos trabajo y nunca lo tendremos aquí, los que han perdido su casa, su posibilidad de formarse o los que sencillamente se ahogan no hayamos cogido palos y piedras, libros y agua y hayamos hecho volar por los aires los estúpidos palitos de esos que sin madrugar si quiera se afanan por privatizarse la primera línea de todo.

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