Atracción total

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De entre todas las cosas que no entiendo hay dos que me torturan sobremanera. ¿Qué pasa con las personas de los libros y las canciones? Y ¿por qué mi cepillo de dientes está tan profundamente enamorado de mi váter?

De todas mis noches al menos un tercio pienso qué hará la pobre del muelle de San Blas o la Penélope de Serrat. Y ¿Quico y la Domi? y ¿Ponyboy? y ¿Alice Gould? Sin que haga falta esperar a la luna, pero de igual modo, a menudo pienso en lo increíble de ese amor. ¿Qué pasa con ellos? ¿Por qué se gustan tanto? ¿Cómo es posible siquiera que a metros de distancia el uno se las apañe siempre para estar dentro del otro? Me están arruinando, y me tienen preocupada.

Mis manos de mantequilla es algo que beneficia en extremo esta relación. Pero extremidades aparte resulta que cada vez que entro al baño paso miedo. Me asusto porque sé que es cruzar la puerta con el cepillo de dientes en mano, que ya no guardo en el baño, y esperar una serie de catastróficas desgracias que culminan con el encuentro entre ambos enamorados. Como tantas, esta es una relación que no entiendo. Que no me gusta, además. Pero ya se sabe, en el amor de otros no se puede inmiscuir uno. Queda feo y tiene el efecto contrario al que se pretende, no sirve de mucho por no decir de nada.

A mí me entristece porque yo a mis cepillos los cuido muy bien, me gustan y los aprecio casi obsesivamente. Si hasta tengo uno para viajes y otro para fiestas de guardar. Pero nada, que no hay forma, todos me pagan con la misma moneda, esa que cada vez abunda menos en mi bolsillo. Y todo por culpa de ese amor suyo, incomprensible y sucio.

Preocupada y triste como estoy he empezado a hablar de ello como se habla de los hijos descarriados, con otros que sufren el mismo problema. Bueno pues no va mi amiga Snow, que soporta lo mismito pero con su móvil y su WC, y le pone nombre a esta extraña atracción. Resulta que mi cepillo y su móvil son coprófagos.

Sin saber pronunciar coprófago, Julie, de dos años y de Amsterdam, nos supera en astucia a Snow y a mí. Su pequeño cepillo de dientes estaba locamente enamorado de la tubería del lavabo. Pues bien, ella obró de manera sencilla y acertó. Julie apostó por el amor. Cogió su cepillo y lo hundió todo lo que pudo en la tubería y allí lo dejó, unidos para siempre. Colmados, el uno junto al otro y sin anhelar nunca más la presencia de otro cepillo. Y todas las noches cuando Julie se lavaba los dientes con su nuevo cepillo me llamaba extasiada para que juntas saludaramos al viejo cepillo, ese que seguía hundido felizmente en su cañería del alma.

Y yo, aunque poco romántica, voy a apostar por el amor. Voy a dejar que mi cepillo descanse en paz junto a su elegida. Porque no hay cosa más fea que tratar de prohibir un amor, porque no hay nada qué hacer cuando uno señala a alguien como su otra mitad. Y eso supera con creces todo lo demás.

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