Con mucho arroz.

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El arroz es como el alfabeto. Ambos empiezan y acaban igual, ambos aceptan infinidad de combinaciones y sirven para multitud de cosas. Por ejemplo con el alfabeto puedes salvar una amistad, estropear un amor o fascinar a cualquier extraño. Puedes anular y alabar, soñar y recordar. Pues con el arroz igual.

El arroz conquista, casa y resucita. El arroz une y reúne. Y cura y salva como el alfabeto. Aún recuerdo el mejor arroz negro de todo Legazpi, y el más rápido de Segovia, ese de entre clase y clase. Y el que te ponen en el hospital, y el que cocinaba con curry o mostaza en Amsterdam. Y el de las cinco de la mañana de Cuenca y el de las tres de una tarde de julio en una buhardilla de Ciudad Real. Ese último hace que sudes.

Todavía doy las gracias por las dos veces que el bendito cereal ha salvado mi móvil. Ni todos los avances del mundo logran lo que consigue el arroz, que resucita cadáveres electrónicos. Y este es un hecho que impacta, te deja como tonto pero hace que pienses. ¿Cómo es posible que al final lo más sencillo sea siempre lo que mejor resulte? ¿Cómo hacemos para inventar cosas complicadísimas que se salvan con simple arroz?

Así que al arroz, como al alfabeto, le debo mucho. Al uno acercarme a los que quiero cuando estoy lejos, porque llamadme loca pero yo como arroz y me acuerdo de Segovia, Madrid y la buhardilla más calurosa de mi ciudad. Al otro acercarme a lo que más me gusta hacer, juntar letras.

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