Te quier tant

Creo en la maldad de los tintes de supermercado, el poder del arte y el desgaste de las palabras. Así que no digo te quiero con la boca. Si acaso con los ojos, la música o el tacto.

Y eso es un problema porque las nuevas tecnologías, en su afán por cubrir su lado más inhumano, vienen programadas para proclamar amor. Sin control. Por doquier.

Así al azar, si tienes que preguntar por el tamaño de algo tu dedo criminal, porque ahora todos tenemos un pulgar que es un malhechor, envía en tu Android penúltima generación:  ‘Tqn grande es<3’.

Y ahí ya has dicho dos veces amor. Sin querer ni nada. Solo porque las letras se acercan sobremanera en un teclado táctil y la t y la q están profundamente enamoradas o altamente imantadas. Porque uno de los signos de interrogación está situado del mismo modo que los corazones virtuales. Derroches de amor basados en una mala organización.

Y sin mediar palabra, lo mismo ocurre con las terroríficas caritas amarillas. Uno puede sostener su ternura a base emoticonos rebosantes de amor, henchidos rostros de feliz rubor y los equipados de lengua extensible. Luego ya, y por cambiar de registro, están los asombrados y los tristes. Y por último una caótica mezcla de malogrados rostros humanos.

Que uno se para a pensar y, aparte de descubrir que es imposible imitar siquiera un tercio del total, se pregunta ¿dónde están los negros?

La única explicación que encuentro es que están en las calles, en las casas y las escuelas diciendo ‘te quiero’ con los labios, los pies y la sangre, para no desgastar el ‘I love you’. La diversidad habrá de estar en la vida de a pie, esa que huele mal y sabe bien, porque lo que es en la virtual únicamente hay un solitario señor con turbante custodiado por un extraño adolescente asiático y un alegre policía blanco. Bendita casualidad.

¿No sería mucho más amoroso quitar la mitad de las princesas y angelitos del WhatsApp y dejar constancia de al menos un par de los mil millones de personas que componen la extensa raza negra?

Y por no mezclar que, ya se sabe, sienta mal, voy a obviar el exquisito modelo familiar que viene tras los gatitos, monitos y un extenso lenguaje manual. Voy a obviar los tradicionales corazones de sexos opuestos, la novia y los zapatitos de tacón. Y no es que rechace lo existente, es sólo que reclamo a sus opuestos. Que por su ausencia imagino yo que los corazones idénticos, las solteras y las deportivas deben estar también en la calle, bailando y corriendo por ahí.

Diciéndose ‘te quiero’ con las  manos porque las palabras se desgastan y los corazones se cansan.

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